Una invitación para conversar con nuestro Padre: el lamento bíblico - parte 1
- Yeimy de Robainas
- 17 feb
- 6 Min. de lectura
¿Qué es el lamento?

Vivimos en un mundo caído, un mundo roto y quebrantado por el pecado. El dolor es palpable y real de múltiples formas. Sufrimos por nuestras propias maldades y transgresiones, y también por la de otros. Experimentamos pérdidas, enfermedades, injusticia, abandono, soledad, traición, abuso físico, emocional y sexual; presiones económicas y sociales, hambre, guerras, violencia, crisis en nuestros países y la devastación por catástrofes naturales.
No es un secreto que todo esto nos aflige y entristece profundamente. Dios nos diseñó con emociones para expresar los sentimientos y pensamientos que tenemos acerca de las cosas. Además, Él ha puesto la eternidad en nuestros corazones (Ec 3:11). Esto significa que, mientras estemos en esta tierra, no estaremos a gusto con el quebrantamiento y la angustia causados por el pecado y el sufrimiento.
Ante esta realidad, he notado, en mi propia vida y en la de otros a mi alrededor, algo que he considerado como un problema. Me refiero a la dificultad para responder al dolor de una forma adecuada. A veces nos quedamos estancadas en nuestro dolor y somos consumidas por él. Otras veces, no somos capaces de expresarlo con sinceridad y de reconocer su presencia desgarradora en nuestras almas y circunstancias. Ambos extremos son peligrosos. Sin embargo, la tendencia natural de mi propio corazón es ir a uno de los dos extremos anteriores.
En ciertos momentos sólo puedo ver mi dolor y quebranto y, en la oscuridad de mi profunda aflicción y turbación, me quedo sin esperanza y sin fuerzas de mirar más allá. A veces, esto nos deja paralizadas, sin saber qué hacer o qué decir. Por una parte, tenemos presente todas las promesas verdaderas del Señor. Pero, por otro lado, también tenemos este dolor que no deja de ser cierto, y parece que una gran distancia separa ambas realidades. Sabemos que existe la soberanía de Dios, pero se nos hace una proeza casi inalcanzable reconciliar este atributo con el de Su amor, bondad y sabiduría.
Pero también, como creyente, hay otros momentos en los que puede parecer incómodo, hasta quizá «incorrecto», el simple hecho de asumir mi tristeza. Por un lado, está presente en mí todo ese mensaje que se oye entre cristianos de que debemos estar siempre gozosos, experimentando sumo gozo en las diversas pruebas y regocijándonos en el Señor siempre. Incluso, esto es algo que dice Su Palabra (1 Ts 5:16; St 1:2; Fil 4:4), sin embargo, cuando me centro en este lado de la balanza, me cuesta asumir la realidad dolorosa que estoy viviendo. No soy capaz de reconocer mis emociones, ni de aceptar que mi fe no tiene que negar la realidad que Dios me está permitiendo vivir, o que las cosas no están bien como yo desearía o esperaría. El problema es que me he encontrado tratando de aparentar que no tengo problemas, fingiendo tener una sonrisa cuando no la hay, y con el deseo de pasar a la próxima página, de silenciar la voz real de mi alma que anhela decir toda la verdad de lo que está sintiendo en lo más profundo de su ser.
En ambos casos, he identificado mi deseo de huir lo más pronto posible del dolor. Ya sea que el dolor me envuelva o que trate de mirarlo de reojo (como si así lo pudiera separar de mí), mi deseo es que todo termine ya, como esa fea pesadilla de la que quieres despertar cuanto antes. Sin embargo, la verdad es que no podemos escapar de estos momentos de sufrimiento y volver a nuestras vidas comunes y corrientes como si nada hubiera pasado. Estos momentos son parte también de nuestra vida y tendremos que enfrentarlos sin escapar.
El lamento bíblico
El término bíblico usado para definir esta expresión de dolor se conoce con el nombre de «lamento». Existen varias palabras hebreas utilizadas para «lamento» o «lamentación», cuya definición es «llorar». Las palabras «Quwn», «Caphad» y «Awbal» encierran también el significado de gritar, gemir, cantar un canto fúnebre o lamentar en voz alta. La palabra «Eiká», usada para el vocablo «lamentaciones», hace referencia a un grito de aflicción o clamores fuertes. Todas comunican una demostración externa de un profundo dolor o arrepentimiento.
El pastor Mark Vroegop, quien ha escrito un libro acerca de este tema, llamado: «Cielos oscuros, misericordias profundas», expresó lo siguiente acerca del lamento:
«El lamento le habla a Dios sobre nuestro dolor, incluso si es complicado. Se necesita fe para lamentarse. El silencio es más fácil, pero no es saludable. El lamento se basa en lo que creemos y le habla a Dios mientras atravesamos dificultades [...] Los lamentos nos ayudan a atravesar el sufrimiento, al orientar nuestro corazón a tomar la decisión (a menudo a diario) de confiar en los propósitos de Dios que se esconden detrás del dolor. De esta manera, los lamentos son una de las actividades más teológicamente informadas de la vida cristiana».
Es decir, el lamento bíblico, es una vía que nos ha sido otorgada por el Señor. En momentos de profundo dolor e incertidumbre, podemos acercarnos a Él con toda honestidad, mostrándole lo que abruma y atormenta nuestro corazón. Allí, le expresamos nuestro clamor, nuestros gemidos, sollozos, suspiros y gritos de auxilio.
Entonces, ¿cómo podemos expresar bien nuestro dolor? Como mujeres que hemos creído en Cristo Jesús, no tenemos la garantía de que no vamos a enfrentar tribulaciones en este mundo, pero sí la promesa de que nunca estaremos solas en nuestro dolor. Tenemos la certeza de que Jesús estará con nosotras todos los días y hasta el final (Mt 28:20). El Señor no es indiferente a nuestro dolor. Él es un Dios compasivo y misericordioso, que no nos aflige sin un propósito, ni se deleita en hacernos daño (Lm 3:33). Además, tenemos la maravillosa oportunidad de expresar nuestro dolor adecuadamente. Dios nos ofrece formas de acercarnos a Él con honestidad para abrir nuestros corazones, y derramarlos delante de Él (Sal 62:8) expresando todo nuestro pesar y tristezas.
Finalmente, creo que cultivar el lamento en Cristo, es un medio de gracia que nos permite transitar de una forma apropiada nuestro dolor, sanar bien nuestro corazón y alabar y expresar una confianza renovada en el Señor mientras Él hace Su voluntad en nosotros.
Es tan esperanzador saber que el lamento no nos deja revolcadas en un lodo de angustia y depresión sino que, en su momento, es utilizado por el Espíritu Santo para levantar nuestras miradas a la luz de la misericordia, bondad y fidelidad de nuestro Dios, avivando nuestra fe.
Aún así, antes recuerda que debemos darle «su momento» y espacio también al dolor. Sí, los cristianos tenemos esperanza, fe y gozo para enfrentar el dolor, pero eso no quiere decir que seamos inmunes a el, y que no nos afecte o sea fácil caminar por esos momentos. Tampoco significa que tenemos que apresurar esta experiencia, para pasar a la parte de la alabanza de forma inmediata. Como dice la Palabra del Señor en el libro de Eclesiastés:
«Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora. Tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado; tiempo de matar, y tiempo de curar; tiempo de destruir, y tiempo de edificar; tiempo de llorar, y tiempo de reir; tiempo de endechar, y tiempo de bailar; tiempo de esparcir piedras, y tiempo de juntar piedras; tiempo de abrazar, y tiempo de abstenerse de abrazar; tiempo de buscar, y tiempo de perder; tiempo de guardar, y tiempo de desechar; tiempo de romper, y tiempo de coser; tiempo de callar, y tiempo de hablar; tiempo de amar, y tiempo de aborrecer; tiempo de guerra, y tiempo de paz» (Ec 3:1-8).
«En el día del bien goza del bien; y en el día de la adversidad considera. Dios hizo tanto lo uno como lo otro, a fin de que el hombre nada halle después de él» (Ec 7:14).
Entender todo esto es necesario y redentor. Ya que el lamento es una forma correcta y apropiada en el Señor de expresar nuestro dolor.
No callemos nuestro dolor
He estado en una temporada de mi vida en la que el Señor me ha llevado a meditar y a entender de forma muy personal este tema del lamento. Descubrirlo ha sido un refugio, una manera liberadora, llena de gracia y paz, con la que he podido abrir mi corazón a mi Dios y hablarle de mis sentimientos, mis dudas y preguntas difíciles.
El lamento bíblico tiene beneficios tan necesarios para nuestra vida espiritual que nos permite expresar y sanar bien nuestro dolor, y transitar por este de una manera correcta; sin que se convierta en nuestro foco principal de atención, pero sin minimizarlo. Con el lamento podemos darle al dolor su lugar apropiado. Reconocemos que es una experiencia muy difícil y real. Al mismo tiempo, somos desafiadas a mirar arriba, al Señor, de donde viene nuestro socorro (Sal 121); a ser reconfortadas con la gracia y el amor de pacto de nuestro Dios, siempre fiel y misericordioso.
Entonces, te dejo este recordatorio amada hermana: ¡podemos lamentarnos bíblicamente! No callemos nuestro dolor. Dios nos escucha y nos entiende. Su presencia nos acompaña, consuela y sostiene. ¡Corramos a Él y derramemos nuestros corazones cada vez que lo necesitemos!
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