Clamor por las mujeres
- Yeimy de Robainas
- 7 mar
- 4 Min. de lectura

Amado Padre nuestro, hoy te adoramos, honramos, y te damos gracias porque nos has hecho mujeres según tu diseño perfecto (Gn 1:27-18) y tus planes de bien para nosotras (Jer 29:11); pues, como dice Tu Palabra, todo lo hiciste bueno en gran manera (Gn 1:31).
Gracias porque, a pesar de que nos hemos desviado de Tus caminos, nos has vuelto a Ti nuevamente a través de Cristo (Ro 6:23; 2 Co 5:21). Te pedimos perdón, Padre, por nuestros pecados de rebeldía e incredulidad. Porque hemos dudado de Tu amor y Tu bondad y, neciamente, hemos buscado satisfacción, deleite, valor y sentido en vanidades ilusorias (Jer 2:13; Jon 2:8; Sal 31:6). Sin embargo, te agradecemos porque en Cristo, somos hechas Tus hijas (Jn 1:12) y somos aceptadas (Ef 1:5-6), redimidas para Ti (Ef 1:7), amadas, escogidas, perdonadas, libres y valoradas (Ef 1). En Ti encontramos el verdadero propósito para el cual fuimos creadas: glorificarte y disfrutar de Ti, por siempre. Gracias porque nos sostienes en cada etapa de nuestras vidas, esas que Tú orquestas y colocas perfectamente para Tu gloria y nuestro bien.
Por eso te pedimos, Padre, que seas con las madres solteras para que ellas puedan encontrar refugio, provisión y compañía en Ti (Sal 18:2; 32:7; 48:3; 59:17; 61:3; 62:2, 6-8). Que te muestres con las mujeres que esperan y se preguntan si el don del matrimonio es para ellas. Dales una vida plena y abundante (Jn 10:10), invertida completamente en la causa de Tu Reino. Que ellas encuentren en Ti el Esposo y el Amado perfecto que sus almas realmente anhelan (Cnt 2:16; 6:3; Is 62:5; Jn 3:29; 2 Co 11:2).
Señor, fortalece a las mujeres trabajadoras en sus múltiples responsabilidades. Ayúdalas y susténtalas. Que ellas puedan reflejar Tu belleza y orden en todo lo que hacen (Sal 28:7; 30:10; 33:20; Zac 10:12; Ef 6:10). Sé, también, Dios nuestro, con las mujeres estudiantes. Que ellas puedan ser sal y luz, y puedan defender su fe en el Señor Jesucristo donde quiera que Tú les lleves. Que permanezcan firmes en medio de una generación maligna y perversa (Mt 5:10-16; Ro 12:1-2; Fil 2:14-15; 1 P 3:14-18).
Guía a las hijas que viven con sus padres y demás familiares, Señor. Que ellas puedan honrarles y vivir el evangelio de Cristo en sus hogares. Sé, también, con las cuidadoras de familiares enfermos, que puedan echar sus cargas sobre Ti porque Tú les sustentarás (Sal 55:22). Que puedan cuidar y amar a otros mientras son cuidadas y amadas por Ti (Mt 19:19; Job 10:12; Os 11:3; 1 P 5:7).
Padre, capacita a las casadas en el llamado de ser ayudas idóneas de sus esposos. Dales sabiduría y gracia para respetar a sus maridos como a Ti, para mostrar un carácter afable y apacible, para cultivar y cuidar sus hogares como destellos y pinceladas del cielo en la tierra (Gn 2:18; Stg 1:5; Ef 5:22-24; 1 P 3:1-6; Tit 2:3-5).
Señor, renueva e instruye a las madres con Tu poder y gracia para que amen y cuiden a sus hijos con esmero, diligencia, con entrega y reverencia (Tit 2:4). Que ellas puedan evangelizar en los campos misioneros de sus familias y que puedan llevar a muchas nuevas generaciones a los pies de Cristo (Mt 29:19).
También te pedimos que sostengas a aquellas que han emigrado a otros lugares, ya sea por servicio, familia o cambios de vida. Que encuentren en Ti la porción para sus almas. Permite que puedan vivir como peregrinas y extranjeras en este mundo, y dales un mayor anhelo por tu ciudad celestial, donde estaremos para siempre a Tu lado (Sal 16:5-6; Jn 14:1-4; 2 Co 5:1; 1 P 2:11; He 11:13-16).
Señor, defiende a las viudas. Sé, Tú, su protección y seguridad. Ampáralas bajo Tus alas y llénalas de Ti (Sal 68:5; 91). Ayuda, Señor, a aquellas en su etapa de vejez. Guíalas y guárdalas en sus debilidades, en sus últimos valles de sombra, hasta que anuncien Tu poder a la posteridad. Presérvalas en fidelidad con la promesa de que, después de muchas angustias y males, volverás a darles vida y les levantarás de los abismos de la tierra (Pr 16:31; 20:29; 46:4; Sal 71:9, 18, 20; 92:14).
Alivia y conforta a las que sufren y a quienes están hoy enfermas. Dales vigor y fortaleza a sus huesos, trae la paz de Cristo a sus almas abrumadas, y el gozo de Tu salvación a sus corazones. Restáuralas y renuévalas. Abre sus ojos a la esperanza viva que está reservada en los cielos para los Tuyos, donde la muerte, el dolor, los sollozos y gemidos huirán para siempre (Pr 15:13; 17:22; Sal 29:11; 51:12; 68:35; 92:14; 138:3; Ro 5:1; 1 P 1:3; Ap 21:4). Sostén y consuela con Tu soberanía a quienes han perdido seres queridos. Acompáñalos y cuídalos con Tu presencia (Job 1:21; Lm 3:37; Sal 22:24; 25:16; 40:17; 70:5; 116:15).
Padre, gracias porque Tú escribes nuestra historia y, como nuestro Buen Pastor, nos llevas a través de ella. Nos alienta saber que nada te toma por sorpresa. Podemos confiar en Ti hoy y también en cada temporada futura que vendrá porque sabemos que el mismo Dios fiel que nos sustentó en el pasado lo hará hoy y mañana otra vez. Por favor, te rogamos que estas verdades ahuyenten nuestras preocupaciones, apaguen nuestras quejas y frustraciones, y enciendan nuestra fe y esperanza.
No estamos solas. Gracias porque tomas nuestras manos y nos conduces por las sendas de rectitud y justicia, por amor de Tu nombre. Gracias porque en este recorrido Tu bien y Tu misericordia nos persiguen sin cesar; porque nos alimentas con agua y Palabras de vida y porque nos das descanso en Ti. Gracias porque cada etapa, hoy es sólo una antesala que vislumbra nuestra morada gloriosa y eterna contigo. De Ti venimos, en Ti nos movemos y existimos, y volveremos a Ti. Nos entregamos y encomendamos solo a Ti, nuestro Dios, Creador, Señor, Salvador, Redentor y Rey (Sal 23; 48:14; 85:13; Jn 6:35; 10:11-15; 27-29; Mt 11:28-30; 28:20; Ro 11:36; Hch 17:28; 2 Ti 2:12; 2 P 3:13; Ap 5:10).
¡Oh, Dios! Te amamos y te necesitamos. En el nombre de Jesús, Amén.
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